Sandra Aravena Cuentera

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martes, 17 de mayo de 2011

CUENTO!! "Las Máscaras Hablaban"

 (Por: Sandra Aravena)

Ella tenía nombre de color... o de una flor... o de una flor de color...

En sus pies llevaba el largo camino que se recorre en los extensos y verdosos campos del sur de mi largo y angosto país, brillaba el silencio de grillos, pájaros, maderas, soledades y mucho desamor. Llevaba el quinto viaje en el empeine, el quinto viaje de un alma solitaria y oculta entre álamos y preciosos canelos. Llevaba en cada dedo, en cada uña, un atisbo de posesiones desposeídas, la suciedad de las almas que nacen para crear mucho más que canciones...

En su ombligo traía una virginidad extraña, inocente, perdida...
En sus manos llevaba y cargaba misterios, creación, una poco de guitarras, un poco de melodías, otro poco de cabellos sueltos y pajosos al viento, una pizca de cebollas y uvas. Llevaba una hermosa guitarra y la sabiduría de un pueblo campesino, atravesado por las insaciables ganas de crear...

A ella la llamaban Violeta... Violeta Parra.

Dentro de sus manos estaba dormida la máscara que tiempo después, tal vez en el mismo quinto viaje, le hablaría...

Era el amanecer de un día en un mes y un año no cualquiera. En un lugar extraño de idiomas, y de suspirosas lenguas gargareantes de sonidos amorosos.
A la que llamaban Violeta se le puso una idea en la mente y en las manos. Se le puso la idea que venía de una máscara que ya le hablaba. Era la máscara más chillona de todas, la tendenciosa... la máscara tendenciosa...

Temprano, bien temprano, recorrió las calles angostas de una ciudad desconocida. Buscaba cartones, cartoncitos, corrugados, lisos, de colores o simplemente cafecitos bien bien claros...

Buscaba (porque tan extraña era la ciudad, que todo lo que fuera necesario, se buscaba entre las calles, basureros... en las casas de los nuevos y viejos amigos...) una tinaja sin orificios ni hoyos ni huecos, ojalá de greda, aunque era difícil tan lejos de la tierra de las gredas fáciles. Una tinaja donde poder vaciar toda el agua del mundo y no cayera fuera de ella ni una sola gota, que podía significar un mar infinito...

Buscaba un pegamento blanco, acuoso pero espeso, ligero de peso, que dejara que el agua le atravesara hasta el espíritu sin reclamos, que le permitiera a sus manos dejar libre la voz, las voces de las máscaras que hablaban...

En el camino, recogió cartones, cartoncitos, corrugados, lisos, de colores y simplemente cafecitos bien bien claros... eran tantos que uno sobre otro formaban una montaña ante sus ojos, lo que le causó varios tropezones, caídas, torceduras, desvíos en el camino de continuar buscando...

Por ahí halló la tinaja de lata. No era de greda, pero no tenía agujeros, hoyos ni orificios. Cabía toda el agua del mundo en su interior...Un poco más allá, cerca del museo de la ciudad, encontró el pegamento que le hacía falta.

Había recorrido buena parte del sur de la ciudad, del centro al sur.
Era la hora de volver a esa habitación que guardaba de arpilleras bordadas con cuerpos y semblantes, rostros y manos y pies deformados por la aguja y el grueso de los hilos. Volver a la habitación que pronto sería la cuna de los deseos de tantas máscaras...

En la tinaja puso un poco de cartones, pero solo la parte más delgada del cartón. Las otras partes, esperaron a que se terminara la mezcla perfecta. Luego agregó a la tinaja agua, un montón de pegamento blanco, Cola Fría, un poco de sal para que la mezcla resultara perfecta.... con sus manos llenas de creación mezclaba, mientras su canto brotaba, y hablaba de la machi, de los desamores, de tantas maldiciones que se ocupaban del mundo, y que ella cantaba a mil voces, como si fuera una sola.

La mezcla resultaba, solo faltaba un poco más de agua. Otro poco de sal, un poquito más de Cola Fría. Nuevamente sus manos mezclaban, y el canto.... ¡¡Qué hermoso era el canto de la Violeta mientras mezclaba los maravillosos ingredientes!!.... ya estaba. Estaba listo papel maché...

Comenzaba entonces a hacer máscaras. Con sus manos llevaba a la masa el recuerdo de tantos rostros, de tantas caras que había visto en su vida de flores y campo. Allí estaba viviendo con los suyos... algún amante tal vez, o sobrinos, madre, o vecinas... cerraba sus ojos, la Violeta, y allí entonces comenzaba a pulir con sus manos los perfectos rostros. Perfectos, parecía incluso que tenían un poco de alma, otro poco de espíritu... parecía que además tenían un poco del canto de la Violeta.... porque ¡¡Cantaban!!.

Una de ellas, la máscara del rostro de su madre, cantaba la plegaria a un Dios lejano e infinito. La otra le seguía, era la de uno de sus hermanos, y oraba, gritada adorando a una Virgen maravillosa que habría conocido por allá, en el campo chileno. Una de ellas, la que tenía más grandes los pómulos, era la tendenciosa. La máscara tendenciosa.

Desde un comienzo, la tendenciosa le preguntaba cosas. ¿Por qué mis pómulos son tan grandes? Y mientras las otras dos máscaras rezaban a Dioses y vírgenes. Ella prefería conversar con la Violeta. ¿Por qué mi nariz en tan pequeña? ¿Por qué tus manos son tan dulces y prolijas? ¿Por qué cantas mientras me pules?... no se callaba nunca. No callaba y Violeta le respondía a todo con serenidad... porque así me gustas, porque así te quiero, porque con el canto voy por la vida, porque tu alma ha encontrado un espacio donde vivir, una máscara hermosa....

Las pintaba de colores hermosos. La tendenciosa entonces, se dio cuenta que la Violeta además pintaba de mil maravillas. Las máscaras oradoras oraban. Oraban. Oraba y oraban. Las plegarias parecían eternas, y la Violeta solo respondía con un respetuoso “Amén”, a la par que le respondía a la tendenciosa, a la preguntona...
Cuando llegó el momento de pintar a la máscara tendenciosa, la Violeta escuchó un llanto tímido. Sí, claro, era la máscara la que lloraba disimuladamente por la dicha que tenía de haber visto las arpilleras en la pared blanca de la habitación, por haber escuchado cantar de machis, desamores, brillos, maldiciones.... Lloraba porque no soportaba la emoción...

La Violeta decidió, entonces, pintarla del color de la melancolía... Para eso mezcló el verde musgo con un poco de gris...le puso unos puntitos de color café cartón, para recordar la materia prima de la máscara, y luego, las cejas fueron negras. La pintura se corría por las lágrimas de la tendenciosa. Finalmente las lágrimas se secaron con la pintura y quedaron estampadas hasta siempre en el rostro de la tendenciosa, se quedaron petrificadas, la Violeta no tuvo más remedio que dejarlas allí...

En un largo silencio, tal vez el único, la Violeta no cantaba, las máscaras no rezaban, la tendenciosa no preguntaba.... una última pregunta fue necesaria: ¿Violeta, con que arte te quedarías si tuvieses que escoger uno: con las máscaras, con la pintura o con la música?... la Violeta miro hacia al cielo, como alzando una nueva plegaria, o tal vez un nuevo canto, junto sus manos en el pecho. Acarició lentamente el rostro de la tendenciosa. Su voz se hizo sonrisa y finalmente dijo
“yo... yo me quedo con la gente, con el pueblo... porque es el pueblo el que me permite hacer todo arte...”

La máscara tendenciosa lloró. No tenía brazos para abrazarla. Pero un beso cálido salió de sus labios y dejándose morir agradeció la vida y la muerte, por el pueblo, a la Violeta, nombre de fruta, nombre de color.... nombre de fruta de color...




1 comentario:

BiblioteKaro dijo...

Estimada Sandra, te vi el sabado de tormeta en valparaiso, y fue maravilloso. mil felicitaciones y visita mi blog, esta en mi lista de favoritos.